Esa fue una de las primeras preguntas que inundaron mi mente la
semana pasada cuando escuché que Swartz se había ahorcado en su
departamento de Brooklyn.
Con solo 26 años de edad Swartz ya había vivido una vida llena de
logros, desde ser el coautor del estándar RSS (la herramienta primaria
para sindicar contenido web) a los 14 años hasta ser el fundador de
Infogami, que luego se fusionó con la popular red social Reddit, y ser
co-fundador de “Demand Progress”, una organización promotora la libertad
de Internet.
La sentencia de prisión y la multa emanaron de su intento por cumplir
con la misión declarada de una organización sin fines de lucro de
“ayudar a la comunidad académica a tomar ventaja de la rápida evolución
de las tecnologías de información y redes”: Descargó cuatro millones de
artículos académicos de JSTOR a través de una cuenta del MIT con la
intención de hacerlas universalmente disponibles vía tecnología P2P.
Para esto fue acosado hasta la muerte por la fiscal estadounidense
Carmen Ortiz y los fiscales adjuntos Stephen P. Heymann y Scott L.
Garland, aunque el mismo JSTOR declinó litigar civilmente y desde
entonces ha dado acceso público a millones de esos artículos.
Sinceramente espero que Swartz pase a la historia como la última
víctima de la guerra sobre la “propiedad intelectual” — una guerra de
300 años que para todos los propósitos prácticos terminó hace años con
el triunfo de las fuerzas de la libertad y la total derrota de aquellos
cuyas fortunas dependen del poder del estado para extraer rentas del uso
que la gente hace de sus propios cuerpos y mentes.
Desde el estatuto de la reina Ana de Inglaterra de 1710, los
rentistas han estado dando peleas cada vez más espúreas para mantener y
beneficiarse de la ficción de la “propiedad intelectual”. Incluso en una
época en la que las imprentas eran escasas y los medios electrónicos
inexistentes, la exigibilidad era imposible. A lo más que podían aspirar
era a desanimar el copiado de las obras “dando el ejemplo” con el
castigo de algunos de los infractores prominentes.
El amanecer de la era de Internet fue el Appomatox de las guerras de
“propiedad intelectual”. Los equipos para copiar data y los canales para
distribuirla ya son asequibles de forma barata y globalizada. En las
“naciones avanzadas” representan una inversión prácticamente trivial, y
en el “Tercer Mundo” representan una inversión factible.
Las persecuciones y los enjuiciamientos de infractores de “propiedad
intelectual” como Jammie Thomas e innovadores de la distribución como
Aaron Swarz ni siquiera llegan al nivel de escaramuzas de retaguardia o
medidas desesperadas de último recurso en esta guerra. Se asemejan más
bien al asesinato de Abraham Lincoln por parte de John Wilkes Booth
después del rendimiento de Lee, o la amenaza de ataques “werewolf” en la
Alemania ocupada al final de la segunda guerra mundial. No podrán
alterar el resultado. Son arrebatos rabiosos y asesinos que surgen como
consecuencia de negarse a la realidad.
Se. Acabó. El. Copyright. Y a las patentes les queda poco. La única
esperanza de las viejas compañías de medios es renunciar a sus fallidos
monopolios y redes de extorsión creados por el estado, y aprender de una
vez por todas como generar beneficios a través del intercambio
voluntario.
Traducido del inglés por Alan Furth Coordinador de Medios Hispanos Centro para una Sociedad sin Estado www.c4ss.org
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